RELATO Nº 13: UNA NOCHE PARA OLVIDAR (28/5/16)

UNA NOCHE PARA OLVIDAR

Eran las 3:30h de la madrugada y Carlos se encontraba en la Comisaría de Policía Nacional de Cáceres, situada en la avenida de Pierre de Coubertin, nº 13. Estaba en el interior de una sala, sentado en una incómoda silla, frente a una mesa y dos policías le estaban interrogando.
Los policías se llamaban Ángel y Francisco. Ángel era el más joven y el más condescendiente, Francisco, en cambio, era más mayor, más rígido y severo.
Carlos estaba hecho un manojo de nervios, no era capaz de tranquilizarse. Lo que había ocurrido esa noche era lo bastante grave y transcendental como para que a partir de esa misma noche cambiase su vida para siempre, no tenía ni idea que iba a pasar a partir de esa noche en adelante, pero lo que si tenía claro es que él no iba a volver a ser el mismo.
Carlos tenía 17 años. Le preguntó a los policías:
– ¿Puedo fumar?
Le dijeron que si, y sacó un paquete de Camel y extrajo un cigarrillo, a continuación, se sacó del bolsillo de sus vaqueros, un zippo plateado y azul, con el escudo del Atlético de Madrid grabado por una cara y su nombre de pila por la otra y temblándole el pulso se encendió el cigarrillo.
El policía más joven, Ángel, le dijo:
– Carlos, lo que ha pasado esta noche ha sido muy grave, empieza a contar desde el principio, sin saltarte, ni omitir nada.
Carlos le dio una fuerte calada al cigarrillo y empezó a hablar:
– Todo empezó esta tarde en el parque estaba con mis amigos Tebi y Andrés, tomándonos un par de litros de cerveza, comiéndonos unas pipas y charlando, y entonces sin a venir a cuento mi amigo Andrés dijo:
“¿Sabéis?, me he comprado una ouija. ¿Queréis que la hagamos esta noche? Estoy solo en casa, mis padres están de viaje…”.
A mí, esas cosas no me dan miedo, pero me dan respeto, pero rápidamente mi amigo Tebi dijo:
“¡Vale! ¡Guay! ¡Molaría!”.
Y Andrés dijo de llamar a Juanjo, que es otro amigo, porque para hacer ouija teníamos que estar cuatro.
Entonces el policía Francisco interrumpió a Carlos y le preguntó:
– Si tú en un principio no estabas muy de acuerdo en hacer ouija, ¿por qué la hiciste?
Y Carlos contestó:
– Porque pensé que si decía que yo no la hacía y me negaba, iba a quedar delante de mis amigos como un cobarde un rajao.
Y dijo Ángel:
– Ya, lo comprendemos, continúa por favor:
Y continuó Carlos diciendo:
– Quedamos sobre las diez de la noche, para cenar algo y tomarnos unas cervezas, teníamos previsto empezar la sesión de la ouija a las doce en punto. La casa de Andrés, ya lo saben ustedes, está en el Paseo de Cánovas, sitio céntrico y muy conocido de Cáceres, y vive en un cuarto piso…
Carlos se dirigió al policía más joven, Ángel, y le pidió que si era tan amable de traerle un poco de agua. Ángel salió de la sala y a los pocos minutos regreso con dos botellas pequeñas de agua mineral, marca Bezoya y un vaso de plástico. Después de darles las gracias al policía, Carlos cogió una de las botellas y se la bebió casi entera de una vez, directamente de la botella, a continuación, siguió con la narración de los hechos:
– …Continúo con mi versión de lo que pasó. A las doce en punto estábamos los cuatro amigos: Tebi, Juanjo, Andrés y yo sentados en sillas, alrededor de la mesa del salón y con el tablero de la ouija, encima de la mesa. Yo estaba super-nervioso, el que iba a llevar el tema era el dueño de la ouija y también dueño de la casa, Andrés y dijo:
“Voy a explicar un poco como va la cosa: Para establecer el diálogo con el más allá vamos a utilizar un vaso pequeño – de los que se usan para los chupitos – en el que cada uno de nosotros pondremos el dedo índice de la mano derecha, muy suavemente, encima del culo del vaso, el vaso lo pondremos bocabajo, el dedo apenas rozará el vaso, y yo seré el único que haga las preguntas a la ouija, si vosotros queréis preguntar algo, me lo decís a mí y yo lo preguntaré. ¿Alguna duda?”.
Y todos respondimos que todo estaba claro.
El tablero ouija no era más que una lámina de madera muy fina, pintada de azul, en donde en la parte superior estaban escritas todas las letras del abecedario, en la parte inferior los números del uno al nueve, incluyendo el cero, y en el centro había cuatro círculos en los que se leían las palabras: “SI”, “NO”, “NO LO SÉ” y “ADIOS”…
Carlos preguntó si podía fumar otro cigarrillo, a lo que los policías le contestaron que sí, entonces Carlos, cada vez más nervioso, se encendió un segundo cigarrillo. Ángel le dijo:
– Carlos, continúa, por favor.
Y Carlos continuó diciendo:
– Empezamos la sesión, ya no me podía echar atrás, ya tenía que llegar hasta el final. Los cuatro amigos estábamos con los dedos encima del vaso, había un silencio sepulcral y se oyó la voz de Andrés alta y clara que dijo:
“Espíritu, si estás ahí, dirígete al sí”. Pero el vaso no se movía. Volvió a hacer la misma pregunta, y nada, pero, a la tercera vez que volvía a preguntar, el vaso comenzó a moverse y se fue directamente al círculo del tablero donde ponía escrita la palabra “SI”. Todos nos quedamos con la boca abierta, a mí un sudor frío me bajó desde la nuca por la columna vertebral, recorriéndome toda la espalda y en ese momento me fijé en la cara de mi amigo Andrés, tenía una cara entre satisfacción y de algo extraño, a lo que no era capaz de ponerle nombre, pero que me daba miedo. No me gustaba nada.
A continuación, el vaso volvió a moverse y se dirigió al centro del tablero, y Andrés le hizo la segunda pregunta:
“¿Cómo te llamas?”.
Y el vaso a una cierta velocidad empezó a dirigirse de una letra a otra del abecedario del tablero, todos nosotros íbamos leyendo para nuestros adentros, mentalmente, lo que nos iba diciendo el “espíritu”, y nos dijo que se llamaba “JEREMÍAS”.
Entonces Andrés, le preguntó:
“¿Cuántos años tienes?”.
Y el vaso se volvió a mover y se puso encima del número “0” del tablero, nos miramos unos a otros extrañados, sin comprender y Andrés volvió a preguntar:
“¿Cuántos meses tienes?”.
Y el vaso se puso encima del número “7”, y Andrés nos dijo que había muerto cuando tenía siete meses. Volvió a preguntarle:
“¿Qué ves ahora?”.
Y el vaso se volvió a mover por las letras del abecedario y leímos: “OSCURIDAD”.
Entonces Juanjo, le dio con el codo a Andrés y le dijo:
“Pregúntale en qué año murió…”.
Y Andrés se lo preguntó en voz alta y el vaso se movió por los números indicando una cantidad: “1348”.
Y Andrés le preguntó:
“¿Y desde 1348 estás vagando en el otro mundo?”.
Y el vaso se dirigió al “SI”.
Yo cada vez estaba más nervioso, el dedo encima del vaso me temblaba, y miraba la cara de Andrés y le veía cada vez más… como…
…diabólico, sí, esa era la palabra, desde que comenzó el juego de la ouija – porque yo me lo tomaba como un simple juego – mi amigo Andrés sufrió una transformación, estaba como poseído por algo maléfico. Andrés le iba a volver a hacer otra pregunta a la manifestación, o espíritu, o como quiera que se llamase eso con lo que habíamos contactado y yo no aguanté más y exploté, entonces en un arrebato de ira, cogí el vaso y abrí la ventana del salón y lo lancé a la calle, cayendo en el medio de la carretera y haciéndose añicos.
Todos mis amigos se levantaron de un salto, enfadados conmigo, pero Andrés estaba fuera de sí, quería pegarme, y entre Juanjo y Tebi lo tuvieron que sujetar, porque de lo contario me hubiera agredido en ese momento, allí mismo y levantando la voz, a gritos me dijo:
“¡Que es lo que has hecho! ¡Imbécil! ¡Lo último que se puede hacer en una sesión de ouija, una vez que se ha contactado con un espíritu es no despedirlo! ¿Por qué te crees que en todas las ouijas hay una casilla del “ADIÓS”? ¡Te tienes que despedir formalmente y el espíritu se tiene que dirigir al “ADIÓS”, entonces y sólo entonces es cuando únicamente termina la sesión! ¿Sabes qué es lo que has hecho? ¡Has podido dejar el espíritu en mi casa! ¡Y no sabemos nada de él! ¿Y si es un espíritu maligno? ¡Eres un estúpido y un necio!”.
Yo ante ese cúmulo de afirmaciones y ante ese argumento no me quedó más remedio que disculparme y pedirle perdón y decirle para intentar justificarme, que lo hice porque no me gustaba el cariz que estaba tomando la situación, y añadí:
“¿Tú te viste a ti mismo? ¡El espíritu te estaba poseyendo…!”.
A lo que él me contestó:
“¡Bah! ¡Tonterías! Yo controlaba perfectamente la situación”.
En ese momento, sería sobre la una menos cuarto o la una, empezaron a apagarse y a encenderse las luces, a abrirse y cerrarse puertas y ventanas y a encenderse la televisión y el equipo de música, todo eso SOLO”, sin que nadie lo hiciera.
Yo no me lo podía creer, instintivamente miré a Andrés y vi que cerró los ojos, Tebi y Juanjo empezaron a gritar al unísono diciendo:
“¡Qué coño está pasando aquí!”.
Volví a mirar a Andrés y tenía los ojos en blanco, con una extraña sonrisa torcida en la cara. Yo ahí la verdad es que dejé de pensar en mis amigos, lo único que quería a toda costa era salir de allí lo antes posible.
Tebi gritó en ese momento:
“¡Tíos, vámonos de aquí, cagando leches!”.
Parecía que me había leído el pensamiento. En ese momento, como por arte de magia Andrés desapareció, y le dije yo a Tebi y a Juanjo:
“¡Seguidme! ¡Por aquí se va a la puerta de la calle!”.
Nos fuimos por el pasillo y al llegar a la puerta de la calle, nos encontramos con Andrés, que estaba delante de dicha puerta, con la escopeta de cartuchos de su padre en las manos, apuntándonos. Los tres nos quedamos de piedra, inmóviles, sin saber qué hacer ni que decir, y el que habló fue Andrés, que con una voz ronca – y todavía con los ojos en blanco – nos dijo:
“¡De aquí no se va nadie! ¡Esta noche la pasaremos aquí! Ja,ja,ja,ja,…”.
La risa sonó algo irreal y forzada, estaba clara la cosa, a Andrés se le había ido la pinza, o algo había pasado. ¿Posesión? No sé lo que había sido, pero lo que si estaba claro es que estaba totalmente perturbado, y alguien perturbado con una escopeta en las manos, se convierte automáticamente en alguien muy peligroso, alguien a quien no se puede tomar a la ligera, sino que hay que tener en cuenta.
Yo, a pesar de lo nervioso que estaba y del miedo que tenía – en realidad yo no tenía miedo, lo que tenía era pánico – me armé de valor y me enfrenté a él, verbalmente se entiende y le dije:
“Nosotros somos tres personas, y tú en la escopeta solo tiene dos cartuchos, con dos cartuchos no pretenderás matarnos a los tres ¿no? Mira Andrés, lo mejor será que nos entregues la escopeta y nos dejes salir de tu casa, te prometemos que no nos iremos de la lengua…
…por favor, es la mejor solución para todos…”.
Entonces, Andrés gritó:
“¡No!”.
Y disparó dos cartuchos a bocajarro, uno en el pecho de Tebi y otro en el hombro de Juanjo, yo sin pensármelo, reaccioné cogiendo una estatua de mármol de una mujer que había encima del aparador que había en el hall cerca de la puerta de entrada y se la estampé en la cabeza, que en el acto cayó al suelo. A continuación, abrí la puerta y bajé a la calle y desde la calle llamé a la policía y denuncié los hechos ocurridos.

Y esa es toda la historia, sin omitir ningún detalle, según mi versión.
Los policías Ángel y Francisco se miraron entre sí y asintieron, Ángel le dijo a Carlos:
– Carlos, gracias por tu colaboración, nos has sido de gran ayuda. El hecho de que enseguida después del suceso nos llamases ha sido determinante para poder salvar la vida de tu amigo Juanjo, que deberá llevar el brazo en cabestrillo, pero su vida está fuera de peligro, se le cortó la hemorragia a tiempo. En cuanto a Tebi y Andrés los dos han fallecido. Tebi a consecuencia del disparo en el tórax, el cartucho le perforó el pulmón derecho, y Andrés debido al golpe en la cabeza con la estatua de mármol, por traumatismo craneoencefálico producido por un objeto contundente. Pero, puedes estar tranquilo, tendrás que ir a juicio, pero no irás a la cárcel, ya que fue en defensa propia. En la reconstrucción de los hechos quedará probado y eso es todo por mi parte, si mi compañero Francisco quiere añadir algo más…
Francisco miró fijamente a Carlos y le dijo:
– No, solo una cosa; Chico, deja a los espíritus descansar en paz, ¿vale?
A lo que Carlos le contestó:
– Descuide, lo haré. No volveré a “jugar” a la ouija jamás.

Nícola Baremo
28/5/16

Anuncios